Vanesa, 17 años. Adicta a WhatsApp

«WhatsApp se convirtió en una droga y si me quitaban el móvil me quería morir»

  • Vanesa, 17 años. Adicta a WhatsApp

  • La joven y su madre relatan su infierno y la curación de la menor después de un año de terapia psicológica en la sede logroñesa de ARAD

Como podemos leer en larioja.com, Vanesa acaba de volver a la vida. Un año de terapia y esfuerzo han permitido a esta joven de 17 años dejar atrás el infierno de su adicción, la dependencia, el descontrol, el síndrome de abstinencia… Su cruel enemigo no fue la heroína ni la cocaína ni ninguna otra droga. El monstruo que la arrastró al abismo y casi despedaza su hogar fue una aplicación en su móvil, la archipopular WhatsApp, una herramienta útil e inofensiva. Pero no para ella.

Vanesa, anteayer, jueves, su día sin móvil, posa cerca de la sede logroñesa de ARAD con el móvil de su madre. En la foto de detalle, ambas se abrazan tras recordar lo mucho que han sufrido. :: Miguel Herreros

«Cada vez que recuerdo en lo que llegué a convertirme y las cosas que hice me dan escalofríos y ganas de llorar. Usaba WhatsApp, Instagram, Facebook… Pero el gran problema era WhatsApp, se convirtió en una droga que me arrastró, me pasaba el día enganchada y cuando me quitaban el móvil me quería morir y estallaba. Me iba a mi habitación daba un portazo y rompía todo lo que me encontraba por delante, luego me sentaba en la cama y agarrada a las sábanas gritaba que ojalá no hubiese nacido, que no quería seguir viviendo. Era incapaz de contenerme y, aunque no era mi intención, llegué a pegarle una patada a mi madre y le hice mucho daño. Era como si no fuese yo, era otra persona», se arranca con valentía Vanesa, a la que acompaña su madre, Manuela García, de 44 años.

«El primer móvil, un Samsung, se lo compré yo, con 8 para 9 años, fue su regalo por la Primera Comunión. ¡Maldita la hora en la que se me ocurrió! Al principio, la niña chateaba, hacía fotos, dedicaba un rato a los juegos… Lo normal. El problema empezó cuando Vanesa tenía 12 o 13 años, se obsesionó por WhatsApp y todo se estropeó», interviene Manuela, para relatar un tormento tan duro como sus graves problemas de salud, un fallo renal que, a la espera del trasplante, la mantiene enganchada cada cuatro horas a una máquina de diálisis omnipresente en casa.

Hasta 17 horas de móvil

Encerrada en la soledad de su habitación o sentada sin otra compañía que su móvil en el banco de un parque o una calle de Logroño donde ‘pillara’ wifi, rodeada de familiares o amigos… Daba igual, el mundo real dejó de existir para Vanesa, atrapada en su universo virtual. «Ni tengo ni he tenido nunca contrato, mis móviles siempre han sido de tarjeta y recarga, pero en casa tenemos conexión y en la calle me aprendí todos los sitios con wifi. Empecé a ser incapaz de separarme del móvil. A la hora de comer y cenar lo tenía en la mesa y, aunque está prohibido, también lo llevaba al instituto para aprovechar los dos recreos de 15 y 25 minutos. Incluso pedía permiso para ir al baño solo por conectarme un rato más», recuerda. Sin tregua y descontrolada por la dependencia, su problema empeoró. «Me pasaba hasta 17 horas con el móvil, desde que me despertaba hasta que caía agotada dormida, y cuando me lo quitaban me quería morir. Dejé de salir con mis amigos , me inventaba cualquier excusa para encerrarme en la habitación con el móvil y me alejé de todo lo que hacía antes. Al principio yo no me daba cuenta, pero llegó un momento en el que comprendí que mi madre y mi hermana tenían razón y que tenía un problema muy grande», rememora mientras cruza una mirada cómplice con su madre. Manuela asiente antes de hablar: «Cada vez iba a peor, no escuchaba ni hablaba ni te miraba, siempre con la cabeza inclinada sobre el móvil. Hace ahora como año y medio la situación se hizo insoportable. Había dejado de ser ella misma y cada vez que le quitaba el móvil sufría ataques de ira violentos. A su hermana, que tiene tres años más que ella, le arañó en el cuello y le ha quedado marca; y a mí, un día que se puso como loca, llorando, gritando y dando patadas, me golpeó en el abdomen, justo en el catéter que llevo para la diálisis. Pero no paró, siguió a puñetazos y puntapiés con los muebles y rompió la puerta del armario… Ese fue el punto final y decidí que había que pedir ayuda».

«He recuperado mi vida»

Tras acudir a su centro de salud fueron remitidas a Psiquiatría, donde les hablaron de ARAD, la Asociación Riojana para la Atención a Personas con Problemas de Drogas, que le acaba de dar el alta tras un año de terapia psicológica. «He recuperado mi vida, en casa y en la calle. Después de mucho tiempo he vuelto a hablar con mi madre y le cuento todo y, sobre todo, he vuelto a demostrarle que la quiero; no paro de darle besos y a abrazarla. También salgo a la calle con mis amigos y en el instituto, donde hago cuarto de la ESO, me han empezado a ir mejor las cosas tras repetir segundo y tercero por mi problema», se enorgullece Vanesa, que sabe que no puede bajar aún la guardia: «Los jueves, como hoy, tengo restringido el uso del móvil y aprovecho para hacer otras cosas, como deporte, me gusta el voleibol y el badmington, o salir a la calle. El resto de la semana solo puedo usarlo dos horas diarias, de 15.00 a 16.00 horas y de 19.00 a 20.00; y los fines de semana, si estoy en casa, de 12.00 a 13.00 y de 20.30 a 21.30, pero si voy a salir a la calle, no, porque entonces lo puedo llevar tres horas. Si quiero estar por ahí más tiempo, tengo que traerlo a casa y volver a salir». La lucha no ha sido fácil. «Hay veces que se me hace corta una hora, pero cuando se cumple se lo entrego a mi madre porque tengo que dárselo yo sin llegar a que me lo tenga que quitar. Eso lo conseguí a los tres o cuatro meses de tratamiento porque al principio era superior a mí y no podía cumplir el pacto, lo que provocaba que me lo quitasen y perdiese el privilegio de tener el móvil durante los dos días siguiente» aclara.

Su curación le ha abierto los ojos: «Ahora me doy cuenta de que mucha gente de mi edad tiene un problema grave y que tendrían que pedir ayuda», remacha mientras sonríe a su feliz madre. «Yo me hundía por la impotencia de no poder ayudarle, pero hemos logrado salir de ese infierno y ahora me ayuda en todo, me besuquea, me abraza y cuando me ve un poco mal me dice: ‘Ven aquí, mamuchi, que te tomo la tensión y te preparo una manzanilla’. Es un sueño después de tanto tiempo».

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